
La Federación Mundial de Hemofilia advirtió que un paciente con hemofilia que no atiende de manera oportuna un evento hemorrágico, pueden consumir hasta 40 por ciento de su presupuesto anual dependiendo del tipo de sangre.
La
hemofilia es una
enfermedad genética en la que los pacientes, por problemas en un factor de coagulación, tienen problemas para impedir las
hemorragias internas o externas.
Este trastorno hemorrágico va ligado al
cromosoma x, lo que significa que las madres conservan el gen y lo transmiten a sus hijos varones quienes se les manifiesten la enfermedad. En cambio, las hijas no la desarrollan, no obstante, tienen 25 por ciento de probabilidades de transmitir el gen a sus descendientes hombres.
Hace una década el tratamiento de la
hemofilia consistía en la
transfusión de plasma.
Actualmente se cuenta con un tratamiento a base del llamado "factor recombinante", que son medicamentos obtenidos mediante el cultivo de células y no de plasma humano.
Estos medicamentos se aplican de manera profiláctica ya que pueden suministrarse no sólo cuando se presenta un
evento hemorrágico sino con anterioridad, apunta la doctora Adolfina Bergés, hematóloga pediatra.
Explica que al aplicarse los concentrados de factores de la coagulación de manera regular se previene que las personas sangren, y por tanto evitar las consecuencias y las complicaciones que conllevan.
Entre las complicaciones más frecuentes son la
hemartrosis o el
sangrado de las articulaciones que puede ocasionar daños en la rodilla, por lo que si no se interviene de manera oportuna hay altas posibilidades de generar secuelas permanentes.
La doctora Bergés destaca que cuando una persona es diagnosticada con
hemofilia debe recibir un tratamiento por un
hematólogo, seguir con el ortopedista, recibir apoyo psicológico, acudir al dentista, ser revisado por un traumatólogo y llevar rehabilitación, entre otros aspectos, todo de un manejo integral.

