
El amor aimara suele ser desapasionado, pero fuerte en compromiso, según estudios del psicólogo Bismark Pinto, de la Universidad Católica Boliviana, sobre la atracción, el enamoramiento, el romance, el rapto ritual y el matrimonio, en esta cultura rica en rituales.
Los aimaras del altiplano andino, etnia de origen del presidente de Bolivia, Evo Morales, sucumben ante las mujeres robustas y con sobrepeso, y para ellos son más eróticas las pantorrillas que los senos, mientras que para ellas es irresistible, sobre todo, un hombre trabajador y con prestigio social, según el psicólogo Bismark Pinto.
Viven principalmente en la zona andina boliviana, a unos 4.000 metros de altitud sobre el mar, pero también hay grupos minoritarios en el sur de Perú y en el norte de Chile y Argentina.
La forma en que los aimaras en edad de casarse se relacionan está llena de juegos de connotaciones simbólicas y ceremonias antiguas, diferente de lo que ocurre con las uniones entre mestizos o personas de raíz occidental.
"Para las mujeres, lo atractivo no es la fortaleza, no son unos ojos lindos o un trasero, como es en el mundo occidental. Las chicas consideran atractivo un hombre trabajador. Mientras sea trabajador y tenga prestigio social, esto es lo máximo", afirma Pinto. En cambio, los hombres consideran muy atractiva a "una mujer más bien robusta, mejor si es obesa", añade.
La investigadora británica Alison Spedding, citada por Pinto, dice que las mujeres flacas son vistas con desprecio porque en la cultura andina el principio vital no es la sangre, sino la grasa.
Según esa autora, las aimaras, conocedoras de que los hombres de su etnia las prefieren rollizas, adoptan posturas para resaltar la barriga por encima de las típicas polleras que visten.
Belleza igual a prosperidad
El antropólogo Wigberto Rivero dice que el "concepto de la belleza de los indígenas está asociado a la prosperidad" y creen que no la tendrán con una mujer flaca, sino con una robusta, preferencia opuesta a la de raíz occidental que rinde culto al cuerpo delgado.
"Cuanto una mujer sea más industriosa, sea más habilidosa para desarrollar en ciertas destrezas como el cuidado del hogar, puede ser mucho más apreciada", añade, por su parte, su colega Carlos Ostermann.
En las fiestas folclóricas andinas es notoria la importancia de las aimaras corpulentas, cariñosamente llamadas "cholitas", con su sombrero de bombín, elegantes mantas y polleras de colores, bailando junto a jóvenes mestizas o blancas de faldas cortas y escotes.
Las polleras solo dejan ver las pantorillas de las mujeres aimaras y, si son gruesas, estimulan el deseo de los hombres de esa cultura en la que, por el contrario, los senos no son vistos con sensualidad alguna, porque dicen que su función es amamantar para los bebés.
“Los senos para los varones no son una parte eróticamente interesante, lo son las pantorillas de la mujer, la obesidad”, sostiene Pinto citando también las observaciones de Spedding.
Rapto consentido
Los matrimonios están precedidos de diversos rituales que comienzan en el enamoramiento, pasan por el rapto, la petición de mano, la designación de varios padrinos y la construcción colectiva de la casa, todo con la comunidad que, no solo vigila las ceremonias de las parejas, sino que participa de forma activa en sus vidas.
Pinto señala que la vida amorosa de los aimaras se enreda en tal complejidad de ceremonias que es rarísimo que las uniones se disuelvan con un divorcio. Suelen ser inquebrantables.
"Casarse en el mundo aimara es la cosa más complicada de este mundo. Después de tanto problema para casarse, yo creo que uno ya no se divorcia", apunta el investigador.
Por ejemplo, cuando los jóvenes se enamoran usan pequeños espejos para provocar destellos en el rostro de las chicas y, si hay simpatía, les roban alguna prenda para provocar un encuentro de devolución, y si no hay ninguna oposición, se procede con un rapto consentido.
Los padres reaccionan con castigos para los "pecadores", pero a la vez con resignación y felicidad, porque en el mundo aimara "no eres persona si no tienes pareja”. “Nada puede ser impar", apunta Pinto, citando el principio de complementariedad andina.
El erotismo perdido
Sus investigaciones también establecieron la evolución del concepto del amor entre los aimaras, cuyo origen está en la palabra "waylluna", que significa "enredarse", que desapareció del vocabulario actual con ese sentido, aunque hoy se evoca en la danza del "wayño".
“Cuando los aimaras hablaban de amor, hablaban de enredarse", dice Pinto, que ve en "waylluna" una connotación sexual que, en su criterio, se esfumó durante la colonia porque los españoles la asociaron al término "jucha", que significa pecado.
En su criterio, en esa época desapareció el concepto indígena de erotismo, del que existe constancia en vasijas que se exhiben en museos de Perú, con imágenes sexuales "mejores que las del Kamasutra".
Además, según Pinto, durante la colonia se relacionó el concepto del amor con el corazón, cuando en etnias como la aimara estaba relacionado a los pulmones. Además, entre los aimaras se dejó de usar waylluña y "enredarse" para usar "muñana", igual a "querer".
El investigador estableció también que los aimaras dan mas importancia al "compromiso" al comenzar su relación y ponen en un segundo lugar, muy por debajo, la "intimidad", y relegan la "pasión" a un tercer puesto.
"Los niveles de pasión, tanto romántica como erótica, eran muy mínimos. En los varones es un poco más que en las mujeres, pero tampoco de manera significativa", afirma el psicólogo, que realizó encuestas con jóvenes aimaras.
"El amor aimara estaría desprovisto de pasión. El amor aimara es una condición social, no es una cuestión personal", enfatizó.
Matrimonio a prueba
Es otra diferencia con los romances en los jóvenes de la ciudad de La Paz, en los que la "pasión" es preponderante y el "compromiso" está en crisis, lo que origina relaciones casuales.
A los aimaras, según Ostermann, tampoco les preocupa si la mujer con la que se casan es virgen, pero sí que pueda dar descendencia, al tiempo que la comunidad es severa si los hombres tienen hijos en una mujer que no sea su esposa.
La influencia de la comunidad en la vida personal de los aimaras llega al punto de que les impone la pareja, lo cual ha provocado casos de depresión entre aimaras de edad madura.
A la disminución de la pasión, por la poca estimulación del cuerpo en las relaciones afectivas, se añade el vínculo entre sexo y violencia que, si bien es universal, en el caso aimara da lugar a lo que algún autor llamó "amor a piedra".
Una forma de esa violencia, según Pinto, es la forma de concubinato llamada “sirvinakuy” entre los aimaras, que consiste en que la mujer tiene que "servir a la familia del hombre en las peores condiciones, en una postura excesivamente machista".
Esta práctica suele llamarse "matrimonio a prueba", aunque para Pinto esa denominación tergiversa la subyugación de la mujer. Se mantiene en las comunidades indígenas antes de los rituales que formalizan las uniones.
"Si bien hay cosas hermosas, notables, en el mundo aimara, existe este lado oscuro del machismo, la violencia hacia la mujer", apunta.
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