El domingo de Pascua fue en tiempos zaristas una de las fiestas más populares de Rusia hasta el punto de que los huevos cocidos y pintados, tradicionales en la gastronomía de esos días, dieron origen a la conocida rama de la orfebrería de Fabergé
La joya, que contiene un reloj con un cuco de diamantes en su interior, fue el regalo que Beatrice Ephrussi de Rothschild, casada con el multimillonario banquero ruso Maurice Ephrussi, le hizo a Germaine Halphen en 1905, tras anunciarse el compromiso de la joven con el hermano menor de Beatrice, el barón Edouard de Rothschild.
De dimensiones excepcionalmente grandes, el huevo tiene un reloj en su parte frontal, dentro del cual se halla un cuco elaborado con diamantes que, cada hora, se asoma, mueve sus alas cuatro veces y asiente con su cabeza mientras abre y cierra su pico para cantar.
La fascinante actuación del pequeño cuco dura quince segundos, tras los que una campanada marca la hora exacta.
De dimensiones excepcionalmente grandes, el huevo tiene un reloj en su parte frontal, dentro del cual se halla un cuco elaborado con diamantes que, cada hora, se asoma, mueve sus alas cuatro veces y asiente con su cabeza mientras abre y cierra su pico para cantar.
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En 1884 la suerte de Faberge cambió. Su ingenio y creatividad se vieron recompensados cuando el zar Alejandro III adquirió en su joyería un huevo de Pascua. La joya representa uno de los tres únicos ejemplares de huevos Fabergé con reloj y cuco conocidos hasta el momento: el "Huevo Imperial con Cuco", de 1900, y el "Huevo Chanticler", de 1904. Foto: EFE en español
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El diseño de tan singulares encargos siempre surgió de su imaginación, cada vez más originales y exquisitos. Foto: EFE en español
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De aquella prolífica producción, que se extendió durante más de 30 años, quedaron para el recuerdo más de 50 piezas. Foto: EFE en español
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La revolución bolchevique impidió al creador de los célebres huevos Faberge terminar el último encargo del zar. Se trata del huevo. Constelación Zarevich, encargado a comienzos de 1917. Foto: EFE en español
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Varios huevos Faberge de los considerados imperiales forman parte de la colección de la Reina Isabel II de Inglaterra. Foto: EFE en español
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El Huevo de Faberge de Rothschild. La puja por la pieza empezó en los once millones de euros. Foto: EFE en español
La fascinante actuación del pequeño cuco dura quince segundos, tras los que una campanada marca la hora exacta.
Historia
Peter Carl Faberge nació en 1846. Se formó como joyero y relojero en Alemania y después se trasladó a Moscú donde estudió las colecciones del Museo del Hermitage. Su carácter emprendedor le llevó a establecerse por su cuenta siendo muy joven. Su vena creativa la heredó viendo trabajar a su padre. Tras su fallecimiento pasó a sus manos la joyería familiar en San Petersburgo, que por aquellas fechas ya gozaba de cierto prestigio.
En 1884 la suerte del orfebre cambió. Su ingenio y creatividad se vieron recompensados cuando el zar Alejandro III adquirió en su joyería un huevo de Pascua para regalárselo a la Emperatriz María, el domingo de Resurrección. La acogida fue tan buena ante una creación tan delicada que el monarca encargó todos los años un huevo para obsequiar a la zarina en esas fechas.
El diseño de tan singulares encargos siempre surgió de su imaginación, cada vez más originales y exquisitos. Siempre constituían una auténtica sorpresa para sus clientes, que nunca dieron una directriz ni se quejaron de su iniciativa, quedando siempre admirados por la joya, la belleza de sus esmaltes y la perfección de su trabajo.
Tradición de los zares
El zar Nicolás II continuó con la tradición paterna, pero en esta ocasión el encargo se duplicaba: un huevo para su madre y otro para la nueva zarina, Alejandra. La revolución de 1917 acabó con los zares y con los encargos. Con la muerte de los Romanov, Faberge cayó en desgracia. Los bolcheviques le requisaron los talleres aunque el joyero pudo escapar indemne a Suiza.
De aquella prolífica producción, que se extendió durante más de 30 años, quedaron para el recuerdo más de 50 piezas, y sólo a ocho de ellas se les ha perdido el rastro.
De las 42 restantes, el Kremlin conserva 10; tres piezas forman parte de la colección de la Reina Isabel II de Inglaterra; cinco integran la colección Pratt del Museo del estado de Virginia (EEUU); otro lo posee el príncipe Rainiero de Mónaco; el resto forman parte de colecciones privadas y los nueve restantes, pertenecían a la colección Forbes que fue vendida al magnate ruso Víktor Verselberg.
Además de los huevos por encargo del zar, Faberge diseñó un número indeterminado de huevos, no ya imperiales, para personalidades de relieve mundial como Alfred Nobel.

